Urgentes políticas de salud reproductiva





Opinión:


Urgentes políticas de salud reproductiva

Guatemala tiene la tasa global de fecundidad más alta de América Latina.

MARCELA GEREDA


“No pude estudiar porque soy la número 12 de 14 hermanos”, dice Ericka desde Masagua, Escuintla. Tras el clásico abandono del padre, la madre los pudo alimentar con la venta de tostadas, pero nunca les pudo dar educación. Y de los 14 hijos, la inercia de los condicionamientos estructurales hicieron que unos murieran por balazos y otros dieron balazos, y los que se salvaron se fueron para el norte. Ericka los alcanzó allá cuando nació su hijita, dejando encomendados a sus hijos con su abuela. Es así como germina la cultura de la pobreza, cíclica y de nunca acabar.

En un país como el nuestro, es decir, donde el mapa de pobreza suele coincidir con el mapa de violencia y donde el promedio de hijos por familia son cinco, en el Día del Padre, además de hablar de paternidad responsable, la implacable realidad nos impera a reflexionar sobre la urgente necesidad de una política de salud reproductiva. Difusión y accesibilidad de las técnicas de control reproductivo para decidir cuándo quedar embarazadas.

Históricamente, las políticas de control de la natalidad han sido excluidas de los planes de desarrollo, más que por claridad visionaria por dogmas religiosos y obediencias sin coherencia. Y muchas veces cuando la cooperación internacional inunda Guatemala con métodos contraceptivos, la población no los usa por ignorancia o por rehuso cultural.

La correlación entre la baja fecundidad y el desarrollo es el punto de consenso más claro entre demógrafos. La pregunta que queda es, ¿la baja fecundidad es el resultado del desarrollo o el desarrollo baja la fecundidad? Nuestro país no puede seguir siendo una burbuja aparte en el planeta. Tenemos la tasa global de fecundidad más alta de América Latina. Estamos al nivel de Burundi. Mientras, Brasil y El Salvador andan por 2.6 y los países desarrollados en 2.2. Controlar la natalidad, no para copiar a los países desarrollados en un mimetismo postizo, sino como un aprendizaje y un punto de partida en el desarrollo de un país que está al borde del colapso.

Es común escuchar entre ciertos círculos que el control de la natalidad es un pecado. Algunos argumentan que la planificación familiar es equívoca, que si la familia de Beethoven hubiera planificado sus embarazos, el pequeño Ludwig no hubiera nacido y la humanidad se hubiera perdido de uno de los astros de la música clásica.

Pero Beethoven nació en un planeta con mil millones de habitantes y ahora somos 7 mil millones. Y el crecimiento es exponencial, aquí los niños aparecen hasta debajo de las piedras en los cinturones de pobreza: de cada 10 personas 7 son menores de 30 años. Y de esos, solo uno irá a la universidad. Para el resto su destino parece estar marcado por procesos sin mañana.

En América Latina y el Caribe la juventud representa el 40 por ciento de la población. El desempleo entre los jóvenes es el doble de la tasa para la población mundial.
Aquí crecen los niños de 12 años reclutados por el crimen organizado. Madres de 9 años abusadas sexualmente y sin nada qué ofrecer a sus hijos.

¿Por qué nos cuesta tanto trabajo ver la relación directa y por demás comprobada entre nuestro índice de fecundidad, pobreza y violencia?, ¿por qué los círculos conservadores siguen repitiendo a los cuatro vientos que el control de la natalidad es deshumanizar?

Creo que la deshumanización no viene dada por controlar la natalidad, sino por no poder alimentar a los niños, dejar que se conviertan en la carne de cañón de maras, narcotráfico y crimen organizado: permitir que nadie acabe controlando su destino.

Cada diez años el país se duplica. Crecemos sin orden, lógica ni sentido común del espacio y los recursos. Cualquiera que conozca de cerca la dinámica de reproducción sexual en las áreas rurales del país y en los inmensos barrios de adosados urbanos, sabe que una política de salud reproductiva es no solo importante y coherente, sino imprescindible.

Intentamos construir los primeros cimientos de una democracia que ya va tarde. Dentro de esos pilares es fundamental pensar a largo plazo, planificar la geografía humana debiera ser una tarea fundamental del Estado guatemalteco. Es determinante imaginar vidas con menos hijos. No por nosotros, sino para que los niños que vienen a habitar este país puedan tener vidas dignas, integrales, basadas en la vida misma y no en las carencias y la lógica de la violencia.



 

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